martes, 21 de abril de 2015

Auxilio: ¡Soy un varón feminista!

Habito en un mundo que se equivoca constantemente. 
Un mundo que vivió en el error contínuo, que derrochaba sangre inocente, que señalaba a quienes no debía y que, posiblemente, sigue persiguiendo a quienes no deben ser perseguidos. Hemos evolucionado a medida que las cosas han ido encontrando su cauce. Volteo la mirada hacia épocas en las que agradezco no haber existido pues no sé qué hubiera sido de mí. Hay tantas cosas que siempre estuvieron mal. Demasiada injusticia. Desigualdad. Crueldad. ¿Negros esclavos? ¿De verdad nos sentíamos con el derecho de tener como esclavos a seres humanos tan semejantes uno del otro? ¿Holocausto? ¿Hitler? ¿Guerras por el poder? ¿Corrupción descontrolada? Me horrorizo.

Me jode y no puedo entender cómo hasta la actualidad hay tantas cosas que hemos ido arrastrando y que no hemos podido reparar. Hay tal grado de ignorancia e insensibilidad de parte de muchos de nosotros que hacen que cada vez estemos peor. Remamos a distintas direcciones. Mientras uno luchan contra el mal. Otros, descaradamente, luchan contra el bien.

¿En serio los varones nos creíamos tan superiores a las mujeres? ¿Con qué derecho? ¿Quién carajo nos dio ese poder que creen algunos, hasta ahora, que les corresponde? 
Me llena de rabia saber que lo más preciado que puede existir en un mundo como el nuestro, sea tan maltratado todos y cada unos de nuestros días. ¿Por qué? ¿Acaso no podemos entender que estamos equivocados? Que son más de lo que somos nosotros. Sí, son más. No podemos hablar de igualdad de género, porque ellas, simplemente, nos llevan mucha ventaja. Claro, aquellas que saben adelantarse.

Hoy, justo antes de llegar al paradero a tomar el bus que me traería al trabajo, sobreparé en la pista porque venía un taxi negro que finalmente me cedió el paso. Sinceramente me sorprendí. El chofer, una mujer.
Me puse a pensar a cuántos peligros está expuesta e imaginé que lo hace por los hijos que quizá ha de tener, o por el esposo que debe cuidar, o por la familia entera que debe mantener. No lo sé, tantas cosas. No es la primera mujer taxista que veo, es obvio, pero no dejo de conmoverme cuando veo a alguna. Como las hay, ya más arriesgadas, conductoras de combis, buses, cobradoras de éstos mismos, etcétera.
La última vez que subí a un bus y me tocó una conductora, sentí que viajaba en un avión y en primera clase. El bus estaba limpio, todas las ventanas abiertas, la música en un volumen adecuado. No tenía cobrador así que se las ingeniaba para conducir, cobrar, estar al pendiente de quiénes subían y quiénes bajaban.

-¿Pasa por la Bolichera?
-Sí, por supuesto.
-Cóbrese -puse en su mano una moneda de un sol y procedí a avanzar.
-¡Joven! Hasta la Bolichera son solo cincuenta céntimos -me dio el vuelto. Ahora sí pase, adelante. Conserve su boleto. Buenas noches.

De verdad fue así. Tal cual. Recuerdo incluso que no pude contener solo conmigo las buenas vibras que aquella señora me había transmitido, así que apenas bajé del bus, compartí esa felicidad con un amigo muy cercano. Debió pensar que estoy loco.

Tengo una obsesión por hacer que todo el mundo entienda que de verdad son muy valiosas, me estresa saber que la realidad es otra. Este mundo está de cabeza, el sol solo sale para algunos. Muchos viven en la eterna oscuridad. Oscuridad cerebral. Con criterio cero. Nulo. 
¡Hombre despierta! Naciste para proteger no para abusar. Me encantaría removerte el cerebro y hacer que entres en razón. Cambia ese chip que te pusieron años atrás. No tienes derecho a insultar a una mujer, a maltratarla, a sentirte superior, a abusar de ella. ¿Has oído los piropos que solo un descerebrado y troglodita como tú puede decir? 
Piensa un poco, vamos tú puedes.

Ellas son más arriesgadas que cualquiera de nosotros. No solo dan vida, sino que mantienen la suya, la mía, la tuya, la de todos sus hijos, la del esposo, la de su familia entera.

-Yo no sé qué va a ser de ustedes el día que yo me muera.

Típica mujer que se sabe muy útil. Que sin ella no somos nada.
¿Ves? ¿Y aún así sigues creyendo que eres el sexo fuerte? Que eres el macho todopoderoso. Poderoso de qué. Con quién. Para qué.
Antes de desarrollar masa muscular para verte fornido e intimidante, desarrolla el cerebro para aprender y aceptar que no era más que nadie. Que necesitas ser más que tú mismo para poder mejorar un mundo que sigue creyendo que "las mujeres no tienen derechos porque decidieron nacer mujer".

¡No me jodas pues!


Si siento que soy feminista, ¿necesito ir al psicólogo?



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miércoles, 8 de abril de 2015

¡Hola!

-¿Puedo ayudarte en algo?
-No lo sé.
-¿Qué te pasa?
-Tampoco sé.
-Entonces por qué lloras.
-Por nada. En realidad, por todo.
-Y qué es todo.
-Todo, es todo.
-¿Estoy incomodando?
-No.
-OK.
-Disculpa, no es que sea cortante. Estoy triste, es todo.
-Casi nunca converso con extraños. Lo hice contigo porque te vi llorando y nadie llora en un bus por nada. Al menos yo no lo haría. Creo.
-Yo pensaba lo mismo.
-Bueno, ¿a dónde vas?
-No vayas a pensar que trato de ser cortante, pero tampoco sé.
-Y cuando pagaste el pasaje, ¿hasta dónde dijiste que ibas?
-Último paradero.
-Y qué hay ahí. O quién va a estar ahí.
-No sé.
-¿Por qué tomaste este bus entonces?
-Porque fue lo primero que vi luego de salir corriendo de mi casa.
-Entonces puedo entender que tienes problemas familiares.
-No.
-¿Entonces?
-Para tener problemas familiares, debes tener primero familia.
-¿Y no la tienes?
-No sé.
-¿Tienes alguna idea de a dónde vas a llegar a parar si sigues no sabiendo nada?
-Sí.
-¿A dónde?
-Al último paradero de este bus.
-¿Bromeas?
-No.
-¿Por qué lloras? O bueno, ¿por qué llorabas?
-En serio, no sé.
-Haz memoria.
-Desperté de mal humor. En realidad, me desperté en plena madrugada. A la 1:00am más o menos. Vi un auto estacionarse por el jardín de mi casa y me pareció raro. Luego se fue. Me eché, dormí otra vez y desperté sin ánimos.
-¿OK? Pero eso no responde a por qué llorabas.
-Es que ya te lo dije, no sé. No sé.
-Bueno...
-¿Y tú a dónde vas?
-A mi trabajo.
-¿En qué trabajas?
-¿Recuerdas la parte de 'casi nunca converso con extraños'?
-Sí.
- Qué bueno.
-¿Y no te da calor usar ropa formal todos los días?
-Si, claro. Es como un disfraz, pero ni modo ¿no? Tú, ¿no trabajas?
-Sí.
-¿En qué?
-¿Yo sí tengo que responderte?
-No si no quieres.
-No es interesante.
-Ah bueno.
-¿Te falta mucho para bajar?
-Calculo que unos quince minutos.
-¿Cómo regreso hasta donde tomé este carro?
-No sé.
-¿Ahora eres tú el que no sabe nada?
-No, es solo que no sé dónde lo tomaste.
-Por donde tú vives.
-¿Y cómo sabes eso?
-Porque vi en donde subiste. Cuando tú subiste yo ya estaba aquí.
-Sí, es cierto. Bueno entonces si ubicas dónde vivo, debes saber cómo regresar, ¿no crees?
-Solo trataba de seguir la conversación.
-¿Por fin me dirás por qué llorabas?
-¿Por qué tanto interés?
-Solo trato de seguir la conversación.
-Lloraba porque sí. Necesitaba expulsar sentimientos reprimidos.
-Suena interesante.
-¿Lo de expulsar sentimientos reprimidos?
-Sí. Lo que no entiendo es por qué elegiste un bus para expulsarlos.
-No lo elegí.
-Sí lo hiciste.
-Fue lo primero que vi.
-No lo creo.
-Bueno, lo primero que vi que hiciera alejarme de casa.
-Entonces tienes problemas familiares...
-¿Siempre eres así de terco?
-No soy terco.
-Parece.
-¿Cómo te sientes ahora?
-Ni bien, ni mal. Solo respirando.
-Eso lo leí en Facebook.
-Yo también. Al fin puedo usarlo.
-Espero que todo mejore en casa, o lo que sea que te haga sentir triste.
-Gracias. Y gracias también por preocuparte por alguien que no conoces.
-Si, fue raro la verdad. Lo pensé mucho, pero como te vi así, me diste pena sinceramente.
-¿Ya no es buena idea ir hasta el último paradero no?
-No lo sé, Eso decídelo tú.
-¿Cómo regreso?
-Toma el mismo bus, pero en frente.
-¿Tardará en llegar?
-Los buses se encuentran entre sí, en el sentido contrario. Es decir, si éste está por este lado, pasará en unos segundos otro pero en otra dirección.
-Que es ese que viene.
-Sí.
-¿En cuánto tiempo pasará el otro?
-Por lo general en unos quince minutos.
-Bien, gracias.
-De nada.
-Bueno, ya decido donde bajar.
-Perfecto.
-Me siento mejor, no sé por qué.
-¡Ah eso es bueno!
-Sí. Aunque no deja de ser raro que hayamos conversando un poco.
-Es raro, pero no resulta tan malo. Es algo distinto. Así quiso iniciar el lunes.
-¿Así quiso?
-Olvídalo, tengo la manía de darle vida a lo inerte
-Interesante.
-¿Ya casi estás por bajar?
-Sí.
-Cuando subiste parecías muy serio.
-Ya ves que todo no es lo que parece.
-Tienes razón. ¿Qué desayunaste?
-¿Tratas de seguir nuevamente la conversación? Aún nada. Llegando al trabajo compro algo. ¿Tú?
-Ayer hubo un cumpleaños y me dieron un tajada grande. Casi media torta. Me reí en ese momento, me pareció exagerado y grosero. Hoy lo agradezco.
-Entiendo.
-¿Por qué a veces hay que sufrir tanto?
-No podría responder eso. Pasa y ya. Depende de uno superar o desmayar.
-¿Rebuscas palabras?
-No entiendo.
-Para hablar.
-No. Salen cuando hablo.
-Entonces, ¿lees?
-Y escribo.
-En dónde.
-En un espacio llamado blog.
-Entonces eres blogger.
-Algo así.
-Y de qué escribes.
-De cosas como éstas.
-¿Raras?
-Digamos que sí.
-¿A la gente le gusta lo raro?
-No es raro. Son cosas que le pasan a todos, pero que pocos son capaces de decir o aceptar.
-Por miedo.
-O por tener vergüenza de llorar en un bus.
-Y cómo se llama
-Qué cosa.
-El lugar en donde escribes.
-El lugar, blog. El título Zagaladas.
-Y qué significa Zalagadas.
-Zagaladas, es Zagaladas. Y es por mi apellido.
-Ah
-Sí.
-Lo leeré.
-Si gustas.
-¿Y escribirás esto?
-¿Esto qué?
-Lo que pasó hoy
-No lo sé.
-¿Por qué?
-Porque sería un poco complicado.
-Hmm. Entiendo.
- Pero lo intentaré. Ahora ya debo bajar.
-Está bien. Bajaré en Aliaga también.
-¿No dijiste que no conocías?
-Y así es. Pero ahí, por encima del semáforo, dice avenida Aliaga.
-¡Ah!


viernes, 27 de febrero de 2015

¡Quiero ser papá!

(...)
Entonces trato de acercarlo a mi pecho impaciente. Mi cuerpo se estremece con este primer contacto y, con él, mi corazón evoluciona tan rápidamente que casi puedo hacer que lata por los dos a la vez.
Lo veo y oigo lloriquear por la emoción que le causa el haber llegado a casa después de casi nueve meses lejos de papá. Mis lágrimas se mezclan con las suyas y logramos humedecer la sábana que lo envuelve. Me siento más frágil que él, y al mismo tiempo, engordo mis fuerzas para prometerle protección pura, sana, y 'eterna'.
Hago un segundo intento por dejar de contemplarlo para hacerlo descansar de una vez por todas sobre mi hombro. La mitad de mi cuerpo no responde. Estoy siendo asaltado por sentimientos encontrados que han iniciado en mí un torbellino de emociones. No es solo un pedazo de mí. Él, acaba de empoderarse de la totalidad de mi ser.

Sus piernas y brazos se mueven con aire angelical y su llanto se ha convertido en un grito de guerra. Aquella que acabamos de ganar.
Muevo mis músculos entumecidos y hago un ligero movimiento con la intención de aproximar mis labios a su frente. Siento ese aroma inmaculado que arroja la inocencia de su reciente existencia. Inicio una suerte de recreo entre nosotros y hago rozar, de manera intencionada, mi nariz con la suya. Su rostro se muestra apacible y ha dejado de sollozar. Le hablo. Invento que intenta tocarme y hago el menor esfuerzo por evitarlo. Cubro a plenitud su presencia y al hacerlo quiebro mis ojos y humedezco mi voz.
Lo separo de mí a regañadientes para cerciorarme de que sea real. Y confirmo que lo es.
Despego mi mirada de la suya en búsqueda de alguien que pueda atenderlo de manera profesional. 

Me acerco a la enfermera más cercana. La miro sonriente y le pido que lo acoja cuidadosamente. Antes de entregárselo, consulto si ¿ve un parecido entre él y yo? Para agrandarme, y sin darle tiempo a que responda lo primero, transformo mi duda en ¿no es el bebé más lindo que ha visto en su vida? Pero no obtengo respuesta. 
Vuelvo a pedirle que lo atienda, y esta vez mi sonrisa a disminuido por su nula atención. Es inútil. Parece que no existimos para ella. Me reincorporo y voy en busca del doctor que tengo en frente. 
Se muestra serio, tiene el rostro humedecido de sudor y sus manos, resguardadas por guantes quirúrgicos, se muestran ensangrentadas. Le ofrezco un pañuelo para salvarlo de aquel llanto corporal pero no lo recepciona. ¿Qué les pasa? 
Vuelvo mi mirada sobre él y me enternezco en cuestión de segundos. Es tan adorable.

Vuelco mis ojos sobre la camilla. Ésta vez intento rastrear la ubicación de ella. Quiero que mi hijo se sienta protegido por los brazos de su madre, pero ella no está.
La camilla está vacía, las sábanas destendidas y una escalofriante bombilla ilumina la soledad de la misma. Frunzo el ceño. ¿A dónde fue, o a dónde se la llevaron? Vuelvo a mirarlo para asegurarme que él no haya percibido aquella ausencia. Es tarde, rompe en llanto. Puedo sentir sus pulmones golpeando mis manos y veo la inmensidad de su garganta ensanchada.
Me apresuro para tratar de ponerlo a salvo en ese lugar sagrado que tienen separado para los bebés recién nacidos. En la puerta hay un letrero que dice incubadora y más abajo me advierten que se debe usar en caso de emergencia y/o en bebés prematuros. Y bueno, éste es precisamente uno de esos casos. Hay tantos cables y conductos que no sé para que sirven. Los desconecto casi todos y abro campo para sumergirlo en la calidez que brinda este lugar. Siento deseos de abalanzarme junto a él y sentirme protegido también, pero es un pensamiento disparatado. Cae en un sueño profundo y con la tranquilidad que esto me proporciona corro en retroceso hacia la sala en la que estaba minutos antes.

Me acerco a la enfermera más cercana. La miro con frialdad y le pregunto enérgicamente ¿Ella. Dónde está ella? 
Detesto la mudez con la que me encara. Me reincorporo y voy en busca del doctor que tengo en frente. Se muestra serio, tiene el rostro seco y sus manos están desprotegidas. ¡Dígame ahora mismo qué pasó! Increpo. ¡Maldita sea, diga algo
Alzo mis manos enardecidas con ganas de ataque y antes de tocarlo veo cómo delante de mí, este hombre que parecía inquebrantable, se deshace de pies a cabeza. 
Me asusto y trato de apegarme a una enfermera que, al mismo estilo de un castillo de naipes, se va desmoronando al compás del sonido de este ambiente desolador.

Entro en crisis.
Precipito mis pasos y llego a ese lugar que tiene un sinfín de cables y conductos que no sé para qué sirven. Lo veo dormir plácidamente, y un involuntario movimiento en sus labios me devuelve el alma al cuerpo. Él sigue siendo real.


¡Quiero ser papá!

Entonces trato de acercarlo a mi pecho impaciente. Mi cuerpo se estremece con este primer contacto y, con él, mi corazón evoluciona tan rápidamente que casi puedo hacer que lata por los dos a la vez...


Siesta de un sábado por la tarde. Por esas horas en los que el sol se oculta, y el corazón-la mente-y la razón- se unen.


AZM









lunes, 16 de febrero de 2015

Cadenas

No sé si debo correr, si debo gritar. No tengo lágrimas. A él le sobran. Tengo un cigarrillo entre los dedos que no me provoca encender y que destruyo lentamente tratando de escapar de mi ira. 
Contengo la respiración pero no por mucho tiempo, pues sin darme cuenta ya tengo el espejo empañado por mi aliento contenido. Mi respiración es tormentosa. Abro paso en el espejo y logro verme. Y logro escucharlo una vez más llorar desconsoladamente. Como hace dieciocho años, cuando lo vi nacer.


He sobrevivido al segundo día de llanto incontrolable. Hablo de aquel llanto que me desgarra la garganta con cada gemido de agonía, con cada grito silencioso. Gritos que nadie debe oír. De esos que me consumen internamente. De aquellos que alborotan y crean peleas entre mis neuronas. Aquellos que hacen explotar mi cabeza de dolor. Hablo de aquel llanto que convierte mi almohada en un paño de lágrimas. Y de aquel que convierte a esa misma en mi saco de box. 
He sobrevivido a las cuarenta y ocho horas más difíciles de todos mis dieciocho años. No quiero salir de mi habitación. No tengo hambre. No sé si es de día o de noche. No sé si estoy dormido o despierto. Ni siquiera sé si sigo siendo yo. Despierto y son las tres de la mañana en punto. Dicen que a esta hora se levantan las almas a deambular por un mundo que antes fue suyo, o que quizás, recién empieza a pertenecerles. 
Miro por el gran ventanal de mi sala. Me desdoblo y logro verme. Tengo la mirada perdida. Las lágrimas caen por sí solas y no las puedo controlar. Me tiemblan brazos y piernas. Siento la más profunda tristeza al verme ahí sentado. Quiero abalanzarme y abrazarme, secar yo mismo mis lágrimas y parar con toda esta pesadilla con sabor a vida real. Por fin siento hambre. 

Mi cabeza va a explotar. Estoy gritando y esta vez todos me pueden oír. No sé si llamar a esto llanto o tormenta. Tengo los ojos hinchados y la mirada pegada al techo de una habitación que no es la mía. No tengo más palabras que decir, todo lo resumo en un ¿qué hago? que jamás fue tan incierto. Un qué hago que no quiero volver a pronunciar con la intensidad con la que la hago ahora. Todo se mueve sin importar que me siento a morir. Miro todo al revés y siento que no camino con los pies.
Escucho las bisagras de la puerta y mi corazón quiere salir corriendo. Cierro los ojos y me preparo para terminar de derrumbarme. Me preparo para convertirme en aire. Para convertirme en un fantasma que nadie querrá recordar. Mi piel se eriza. Mis ojos han bloqueado sus puertas. Veo todo negro. No me oigo. He dejado de llorar. Siento flotar. Me concentro en los latidos de un corazón que no es el mío. Unos latidos que me tranquilizan. Que  me abrazan. Que me besan. Me siento frágil. Protegido. No hay palabras. No hay ruido.

Me armo de valor y abro la puerta del baño de mi habitación. Tiene la mirada fija en el techo. Tengo el corazón partido. No por lo que haya pasado, sino porque me mata su dolor.
Cómo puedo decirle que lo amo a pesar de todo. Que soy su madre. Que daría mi vida entera por calmar el ardor que produce su sufrimiento. Cómo puedo eliminar ese sentimiento de vergüenza que brota de su ser.

Siento proteger a ese bebé que tuve por ocho meses dentro de mí. Siento sus latidos retomar su ritmo habitual. Ese ritmo que identifico desde el día en que sus ojos vieron la luz.
Cómo no enamorarse de un hijo. Me siento tan fuerte al verlo tan indefenso.
Es un niño pequeño, de esos que tienen dieciocho años.

He sobrevivido al segundo año de aquel día de llanto incontrolable. Hablo de aquel llanto que me desgarró la garganta con cada gemido de agonía, con cada grito silencioso. Gritos que nadie debía oír. De esos que me consumían internamente. Hablo de aquel llanto que resumía mi dolor. Aquel dolor que se esfumó no sin antes presentarme a los papás más maravillosos. Un dolor que me enseñó a admirarlos, a amarlos con toda la intensidad posible. Un dolor. Mi dolor.

En algún momento de mi vida, cuando tenía que soportar algunas bromas en la escuela, en el barrio, o hasta en mi misma familia , prometí nunca contar ni expresar lo difícil que resulta tener preferencias sexuales distintas en este mundo. Pasó cuando no lo planeé, cuando no estaba listo para asumir una bisexualidad que ni yo mismo terminaba de conocer y mucho menos aceptar. Resultó difícil. Muy difícil. Dificilísimo. No sabes cuanto.
La vida me envió a los dos padres más amorosos del mundo. Unos padres que han defendido a su hijo de cualquier posible ataque. Unos padres que han tenido que ir en contra de la ideología familiar que cree que un hijo o hija homosexual o bisexual es un problema. Cuánta razón tuviste papá cuando con toda la naturaleza del mundo afirmaste que esto no era un problema para ti. Que estás feliz si yo lo estoy. Que si alguien abría la boca para faltarme el respeto, tú te encargarías de cerrarla muy amablemente. ¿Sabes qué significó todo eso? Que hoy me sienta plenamente feliz de tenerlos conmigo. Que tenga los huevos de compartir esto con los demás, no para que me aplaudan ni para que algún desadaptado me insulte. Voy más allá. Quiero llegar a los que aún no se aceptan. A quienes  han pensado o piensan en el suicidio. A los padres que no saben cómo manejarlo. A los psicólogos que creen tener el poder de sanar del virus de la homosexualidad. A las religiones que nos temen porque venimos del diablo. Es tan deprimente no tener una libertad completa. No es tan complicado entenderlo. ¿Creen acaso que no merecemos respeto? Imagino todas las situaciones que deben estar preguntándose ahora, acerca de los que se exponen delante de niños, mujeres que se visten de hombres y viceversa, aquellos que tienen comportamientos inadecuados, y demás cosas. Créeme que nada de eso se compara con el sentirse señalado. Hoy un niño ve a dos señoritas besándose en la calle y mañana lo olvida. Pregúntame si yo he olvidado las caras de quienes hacían bromas inocentes conmigo en la primaria.
¡Ah, un par de cosas!
No salimos del clóset. No seas tan poca cosa como para usar un término tan bajo.
No existe la opción sexual. Cuando nací no me dieron a elegir a quien amar o en quien fijarme. 
¿A ti si?


AZM












viernes, 30 de enero de 2015

¿Eres yo?

Por alguna maldita razón pierdo el sueño cuando Brenda, mi hermana mayor, arroja frases exasperadas porque un día antes-y varios días antes también-usé su shampoo para bañarme. No lo dejé en su lugar y bueno, tuve que soportar despertarme oyéndola renegar, oyendo a mi hermano "meter su cuchara" donde no lo llamaron y oyendo a mi mamá tratando de salvarme de la situación. No tengo fuerzas para pelear tan temprano. Resuelvo dormir.
Me separo del colchón de mi cama y me veo desnudo, emito un chasquido porque la puerta está entre abierta y estoy con toda la virilidad a flor de piel, "muy despierto" como todo varón al amanecer. Me pongo unos boxers casi renegando y me siento a salvo cuando logro desenredar las sábanas de mi cama y me cubro de pies a cabeza. Mi inquieto estómago me impide conciliar el sueño por tercera vez. Hago un tour por las habitaciones de mi casa, pero ya no hay nadie. Todos se han ido. ¿Por qué odio tanto levantarme y no encontrar a nadie? ¿Es un tema de miedo a la soledad, o es porque me siento 'el olvidado' de la familia? ¡Alvaro, ¿no es muy temprano para escribir guiones de novelas?!  
Por alguna maldita razón este no sería un buen día.
Me acosté en la cama de mis papás para ver televisión, no duró ni dos minutos encendida. Puse una melodía con la que me he pegado desde hace varios días y que me hizo recordar que tengo un libro que espera que continúe leyéndolo.
Escucho cómo Anastasia Steele, o simplemente Ana, me cuenta la lucha interminable entre lo que trata de ser y lo que verdaderamente es. Acaba de perder la virginidad y me ha hecho testigo de ello. Es tan explícita que de tan solo oírla siento que muero de la vergüenza y no puedo evitar imaginar cada cosa que detalla. Intento escapar. Veo el reloj y me doy cuenta de que se me ha hecho tarde para alistarme e ir al trabajo.

Hoy es uno de esos días en los que, por más que ves tus cajones llenos de ropa, sientes que nada combina con nada. Ese mal humor de sentir que el jean que te pusiste hace unos días, hoy te queda distinto y peor aún, sentir que nunca debiste comprarlo. No dejo de pensar en cómo Ana acaba de perder la virginidad. Dejo caer mi cuerpo casi sin ropa encima de la cama y suelto el aire que contuve algunos segundos. Paso mi mano por el cabello y aprovecho en peinarme. Alzo la cara y cruzo miradas con Eugenio, mi perro. Me mira fijamente y deja la calidez de su cama para caminar lentamente los centímetros que nos separan, se sienta delante mío cautelosamente y me asombra que no se abalance como de costumbre. Asiento con la cabeza como autorizando que se pare en dos patas y me arañe con sus garras mis rodillas descubiertas, y así lo hace. Se recuesta en mis piernas.  Siento como si hubiera absorbido mi mal humor, no es el mismo de siempre, el de cada mañana. Y sin más, vota el aire que también había contenido en un eterno suspiro. No miento.

Decido ponerme unos blue jeans, camisa y zapatos. Enchufo la plancha, y procedo. He descolgado mi toalla del tendedero y ahora abro las llaves de la ducha. Gradúo entre el agua fría y la caliente y me sumerjo en el fino chorro de agua. ¿Por qué no dejo de pensar en la señorita Steele? Y esa incansable voz interna que habla aunque no se lo pidan responde muy abierta de huesos: 
-Porque es tan igual a ti, mi estimado. La evado, no le respondo y opto por enjabonarme mientras el agua corre sin parar, o sin que yo la detenga. Cierro los ojos y entro nuevamente a esa especie de cascada que mi mente inventa con tal de dejar de pensar en Anastasia. Me reincorporo sacudiendo la cabeza bruscamente por el susto que me he pegado al oír la melodía que varios minutos antes me había hecho recordar que tenía que continuar leyendo el libro. Me convenzo que nunca la detuve y que la olvidé por estar pensando en otras cosas. 
Me visto, me veo en el espejo y no me gusta cómo me veo hoy. Decido cambiar los blue jeans, la camisa y los zapatos. Escojo otra ropa. Enchufo la plancha y procedo.
Me visto, me veo en el espejo y no me gusta lo que pienso. - "Porque es tan igual a ti, mi estimado."

Anastasia y yo compartimos las hormonas revueltas que se enloquecen al más mínimo roce con alguien que nos atrae, pero que tratamos de controlar cuando nuestro yo real logra manejar la situación. Al igual que ella tengo una voz interna que hace y deshace como quiere y cuando quiere, y que cuando logra manipular situaciones a su antojo luego nos revuelca acusándonos de poca fuerza de voluntad.

Ahora mismo no la escucho, siento que se ha escondido porque sabe que estoy hablando de ella, pero quién sabe que castigo me dará más tarde. Cuando desaparece de la nada me asusta, y cuando aparece, también.
Escucho la vocecita de Ana Steele contarme sus más pecaminosos deseos carnales. Entiendo que Ana sufre porque su yo real no le permite ir más allá de lo que su cuerpo le pide. Considera que el placer no está bien y que pensar en la palabra morbo la puede convertir en una puta. Me hace recordar a mí. En algún momento intenté reprimir al máximo mi deseo sexual porque tenía un mundo que me enseñaba que por simple placer no se puede 'tener sexo'.
Y el recordarlo, por alguna desagradable razón, me pone aún de peor humor. Dejo de mirarme al espejo y a pesar de no verme bien salgo a coger el bus.
Hoy no hay mucho brillo solar pero me importa nada. Me pongo lentes de sol porque no quiero cruzar miradas con nadie, estoy intocable y no sé porqué.
Ya en el bus converso nuevamente con Anastasia. Retomo la excitante escena de la pérdida de su santidad. Me encapsulo unos minutos, unas cuadras y grito un ¡mierda! en mi mente.
¿Por qué me identifico tanto con ella? Siento que al igual que la señorita Steele le temía mucho al sexo y que cuando al final pasó no fue tan malo como me lo pintaron si es que no lo hacía con la mujer de mi vida.

La estrepitosa carcajada de una mujer con la ropa y el cabello desencajado me interrumpen. Alzo mi mirada fulminante pero parece no importarle. Ha subido con su galán de turno, estoy seguro. Ésta, ésta si es una puta. No yo, ni Anastasia. Compartir nuestro cuerpo con alguien libre y que desea compartir el suyo con nosotros no nos hace putos, ni putas. Sin exagerar, sin dañar. En cambio esta mujercita que ha subido a perturbar la tranquilidad de todos pareciera que tuviera un letrero en la frente. Se están besuqueando, así de pie como están. Con toda la incomodidad. No les importa nada. Siento ahora su vientre encima de mi hombro izquierdo que por desgracia da al pasillo del bus. No la soporto más y cuando estoy a punto de explotar mi mal humor con ella, se desocupa un asiento. Se sienta el galán, y ella lo hace en sus piernas.
-Espero que puedas aguantarme, dice la muy descarada. ¡Pero si te ha aguantado toda la noche mamita! Qué tipa para más desagradable. -No me has dicho nada acerca de mis nuevos aretes. Me los compré en Do it-y lo pronuncia tal cual-Doit. -Están muy bonitos. Y ambos rompen en risas como si estuvieran solos en el auto, tal para cual. Los detesto hasta ahora.

Regreso con Miss Steele. Sigo leyéndola, conociéndola, deseando que sea real.
Continúo el relato y me quedo perplejo, esto no puede ser.
¡No puede haber tantas coincidencias! Me pone de tan mal humor todo esto.
Y entiendo que aún no acaba. Entiendo que recién empieza.
Retomo el camino, me quito los lentes de sol y llego a la puerta de la oficina.
Me saluda un nuevo seguridad que no sabe que trabajo aquí. Siento que me hace una pre-entrevista y por fin me deja entrar.
La vocecita lo insulta antes de desaparecer y mi yo real sale a flote. Sonrío a todos mientras los saludo y no entiendo porqué actúo así. Llamo a la vocecita para que me explique qué está pasando pero no tengo respuesta. 
Creo que Alvaro se ha disfrazado otra vez...
Quiero terminar y dejar de escribir esto porque es como si no fuera yo el que está relatando. Me asusto, me arranco los audífonos  y miro el blanco de las paredes que me rodean.
-No cabe duda. -escucho en tono burlón. -Te has disfrazado otra vez.
-Vocecita, ¿eres tú?




AZM