viernes, 27 de febrero de 2015

¡Quiero ser papá!

(...)
Entonces trato de acercarlo a mi pecho impaciente. Mi cuerpo se estremece con este primer contacto y, con él, mi corazón evoluciona tan rápidamente que casi puedo hacer que lata por los dos a la vez.
Lo veo y oigo lloriquear por la emoción que le causa el haber llegado a casa después de casi nueve meses lejos de papá. Mis lágrimas se mezclan con las suyas y logramos humedecer la sábana que lo envuelve. Me siento más frágil que él, y al mismo tiempo, engordo mis fuerzas para prometerle protección pura, sana, y 'eterna'.
Hago un segundo intento por dejar de contemplarlo para hacerlo descansar de una vez por todas sobre mi hombro. La mitad de mi cuerpo no responde. Estoy siendo asaltado por sentimientos encontrados que han iniciado en mí un torbellino de emociones. No es solo un pedazo de mí. Él, acaba de empoderarse de la totalidad de mi ser.

Sus piernas y brazos se mueven con aire angelical y su llanto se ha convertido en un grito de guerra. Aquella que acabamos de ganar.
Muevo mis músculos entumecidos y hago un ligero movimiento con la intención de aproximar mis labios a su frente. Siento ese aroma inmaculado que arroja la inocencia de su reciente existencia. Inicio una suerte de recreo entre nosotros y hago rozar, de manera intencionada, mi nariz con la suya. Su rostro se muestra apacible y ha dejado de sollozar. Le hablo. Invento que intenta tocarme y hago el menor esfuerzo por evitarlo. Cubro a plenitud su presencia y al hacerlo quiebro mis ojos y humedezco mi voz.
Lo separo de mí a regañadientes para cerciorarme de que sea real. Y confirmo que lo es.
Despego mi mirada de la suya en búsqueda de alguien que pueda atenderlo de manera profesional. 

Me acerco a la enfermera más cercana. La miro sonriente y le pido que lo acoja cuidadosamente. Antes de entregárselo, consulto si ¿ve un parecido entre él y yo? Para agrandarme, y sin darle tiempo a que responda lo primero, transformo mi duda en ¿no es el bebé más lindo que ha visto en su vida? Pero no obtengo respuesta. 
Vuelvo a pedirle que lo atienda, y esta vez mi sonrisa a disminuido por su nula atención. Es inútil. Parece que no existimos para ella. Me reincorporo y voy en busca del doctor que tengo en frente. 
Se muestra serio, tiene el rostro humedecido de sudor y sus manos, resguardadas por guantes quirúrgicos, se muestran ensangrentadas. Le ofrezco un pañuelo para salvarlo de aquel llanto corporal pero no lo recepciona. ¿Qué les pasa? 
Vuelvo mi mirada sobre él y me enternezco en cuestión de segundos. Es tan adorable.

Vuelco mis ojos sobre la camilla. Ésta vez intento rastrear la ubicación de ella. Quiero que mi hijo se sienta protegido por los brazos de su madre, pero ella no está.
La camilla está vacía, las sábanas destendidas y una escalofriante bombilla ilumina la soledad de la misma. Frunzo el ceño. ¿A dónde fue, o a dónde se la llevaron? Vuelvo a mirarlo para asegurarme que él no haya percibido aquella ausencia. Es tarde, rompe en llanto. Puedo sentir sus pulmones golpeando mis manos y veo la inmensidad de su garganta ensanchada.
Me apresuro para tratar de ponerlo a salvo en ese lugar sagrado que tienen separado para los bebés recién nacidos. En la puerta hay un letrero que dice incubadora y más abajo me advierten que se debe usar en caso de emergencia y/o en bebés prematuros. Y bueno, éste es precisamente uno de esos casos. Hay tantos cables y conductos que no sé para que sirven. Los desconecto casi todos y abro campo para sumergirlo en la calidez que brinda este lugar. Siento deseos de abalanzarme junto a él y sentirme protegido también, pero es un pensamiento disparatado. Cae en un sueño profundo y con la tranquilidad que esto me proporciona corro en retroceso hacia la sala en la que estaba minutos antes.

Me acerco a la enfermera más cercana. La miro con frialdad y le pregunto enérgicamente ¿Ella. Dónde está ella? 
Detesto la mudez con la que me encara. Me reincorporo y voy en busca del doctor que tengo en frente. Se muestra serio, tiene el rostro seco y sus manos están desprotegidas. ¡Dígame ahora mismo qué pasó! Increpo. ¡Maldita sea, diga algo
Alzo mis manos enardecidas con ganas de ataque y antes de tocarlo veo cómo delante de mí, este hombre que parecía inquebrantable, se deshace de pies a cabeza. 
Me asusto y trato de apegarme a una enfermera que, al mismo estilo de un castillo de naipes, se va desmoronando al compás del sonido de este ambiente desolador.

Entro en crisis.
Precipito mis pasos y llego a ese lugar que tiene un sinfín de cables y conductos que no sé para qué sirven. Lo veo dormir plácidamente, y un involuntario movimiento en sus labios me devuelve el alma al cuerpo. Él sigue siendo real.


¡Quiero ser papá!

Entonces trato de acercarlo a mi pecho impaciente. Mi cuerpo se estremece con este primer contacto y, con él, mi corazón evoluciona tan rápidamente que casi puedo hacer que lata por los dos a la vez...


Siesta de un sábado por la tarde. Por esas horas en los que el sol se oculta, y el corazón-la mente-y la razón- se unen.


AZM









lunes, 16 de febrero de 2015

Cadenas

No sé si debo correr, si debo gritar. No tengo lágrimas. A él le sobran. Tengo un cigarrillo entre los dedos que no me provoca encender y que destruyo lentamente tratando de escapar de mi ira. 
Contengo la respiración pero no por mucho tiempo, pues sin darme cuenta ya tengo el espejo empañado por mi aliento contenido. Mi respiración es tormentosa. Abro paso en el espejo y logro verme. Y logro escucharlo una vez más llorar desconsoladamente. Como hace dieciocho años, cuando lo vi nacer.


He sobrevivido al segundo día de llanto incontrolable. Hablo de aquel llanto que me desgarra la garganta con cada gemido de agonía, con cada grito silencioso. Gritos que nadie debe oír. De esos que me consumen internamente. De aquellos que alborotan y crean peleas entre mis neuronas. Aquellos que hacen explotar mi cabeza de dolor. Hablo de aquel llanto que convierte mi almohada en un paño de lágrimas. Y de aquel que convierte a esa misma en mi saco de box. 
He sobrevivido a las cuarenta y ocho horas más difíciles de todos mis dieciocho años. No quiero salir de mi habitación. No tengo hambre. No sé si es de día o de noche. No sé si estoy dormido o despierto. Ni siquiera sé si sigo siendo yo. Despierto y son las tres de la mañana en punto. Dicen que a esta hora se levantan las almas a deambular por un mundo que antes fue suyo, o que quizás, recién empieza a pertenecerles. 
Miro por el gran ventanal de mi sala. Me desdoblo y logro verme. Tengo la mirada perdida. Las lágrimas caen por sí solas y no las puedo controlar. Me tiemblan brazos y piernas. Siento la más profunda tristeza al verme ahí sentado. Quiero abalanzarme y abrazarme, secar yo mismo mis lágrimas y parar con toda esta pesadilla con sabor a vida real. Por fin siento hambre. 

Mi cabeza va a explotar. Estoy gritando y esta vez todos me pueden oír. No sé si llamar a esto llanto o tormenta. Tengo los ojos hinchados y la mirada pegada al techo de una habitación que no es la mía. No tengo más palabras que decir, todo lo resumo en un ¿qué hago? que jamás fue tan incierto. Un qué hago que no quiero volver a pronunciar con la intensidad con la que la hago ahora. Todo se mueve sin importar que me siento a morir. Miro todo al revés y siento que no camino con los pies.
Escucho las bisagras de la puerta y mi corazón quiere salir corriendo. Cierro los ojos y me preparo para terminar de derrumbarme. Me preparo para convertirme en aire. Para convertirme en un fantasma que nadie querrá recordar. Mi piel se eriza. Mis ojos han bloqueado sus puertas. Veo todo negro. No me oigo. He dejado de llorar. Siento flotar. Me concentro en los latidos de un corazón que no es el mío. Unos latidos que me tranquilizan. Que  me abrazan. Que me besan. Me siento frágil. Protegido. No hay palabras. No hay ruido.

Me armo de valor y abro la puerta del baño de mi habitación. Tiene la mirada fija en el techo. Tengo el corazón partido. No por lo que haya pasado, sino porque me mata su dolor.
Cómo puedo decirle que lo amo a pesar de todo. Que soy su madre. Que daría mi vida entera por calmar el ardor que produce su sufrimiento. Cómo puedo eliminar ese sentimiento de vergüenza que brota de su ser.

Siento proteger a ese bebé que tuve por ocho meses dentro de mí. Siento sus latidos retomar su ritmo habitual. Ese ritmo que identifico desde el día en que sus ojos vieron la luz.
Cómo no enamorarse de un hijo. Me siento tan fuerte al verlo tan indefenso.
Es un niño pequeño, de esos que tienen dieciocho años.

He sobrevivido al segundo año de aquel día de llanto incontrolable. Hablo de aquel llanto que me desgarró la garganta con cada gemido de agonía, con cada grito silencioso. Gritos que nadie debía oír. De esos que me consumían internamente. Hablo de aquel llanto que resumía mi dolor. Aquel dolor que se esfumó no sin antes presentarme a los papás más maravillosos. Un dolor que me enseñó a admirarlos, a amarlos con toda la intensidad posible. Un dolor. Mi dolor.

En algún momento de mi vida, cuando tenía que soportar algunas bromas en la escuela, en el barrio, o hasta en mi misma familia , prometí nunca contar ni expresar lo difícil que resulta tener preferencias sexuales distintas en este mundo. Pasó cuando no lo planeé, cuando no estaba listo para asumir una bisexualidad que ni yo mismo terminaba de conocer y mucho menos aceptar. Resultó difícil. Muy difícil. Dificilísimo. No sabes cuanto.
La vida me envió a los dos padres más amorosos del mundo. Unos padres que han defendido a su hijo de cualquier posible ataque. Unos padres que han tenido que ir en contra de la ideología familiar que cree que un hijo o hija homosexual o bisexual es un problema. Cuánta razón tuviste papá cuando con toda la naturaleza del mundo afirmaste que esto no era un problema para ti. Que estás feliz si yo lo estoy. Que si alguien abría la boca para faltarme el respeto, tú te encargarías de cerrarla muy amablemente. ¿Sabes qué significó todo eso? Que hoy me sienta plenamente feliz de tenerlos conmigo. Que tenga los huevos de compartir esto con los demás, no para que me aplaudan ni para que algún desadaptado me insulte. Voy más allá. Quiero llegar a los que aún no se aceptan. A quienes  han pensado o piensan en el suicidio. A los padres que no saben cómo manejarlo. A los psicólogos que creen tener el poder de sanar del virus de la homosexualidad. A las religiones que nos temen porque venimos del diablo. Es tan deprimente no tener una libertad completa. No es tan complicado entenderlo. ¿Creen acaso que no merecemos respeto? Imagino todas las situaciones que deben estar preguntándose ahora, acerca de los que se exponen delante de niños, mujeres que se visten de hombres y viceversa, aquellos que tienen comportamientos inadecuados, y demás cosas. Créeme que nada de eso se compara con el sentirse señalado. Hoy un niño ve a dos señoritas besándose en la calle y mañana lo olvida. Pregúntame si yo he olvidado las caras de quienes hacían bromas inocentes conmigo en la primaria.
¡Ah, un par de cosas!
No salimos del clóset. No seas tan poca cosa como para usar un término tan bajo.
No existe la opción sexual. Cuando nací no me dieron a elegir a quien amar o en quien fijarme. 
¿A ti si?


AZM












viernes, 30 de enero de 2015

¿Eres yo?

Por alguna maldita razón pierdo el sueño cuando Brenda, mi hermana mayor, arroja frases exasperadas porque un día antes-y varios días antes también-usé su shampoo para bañarme. No lo dejé en su lugar y bueno, tuve que soportar despertarme oyéndola renegar, oyendo a mi hermano "meter su cuchara" donde no lo llamaron y oyendo a mi mamá tratando de salvarme de la situación. No tengo fuerzas para pelear tan temprano. Resuelvo dormir.
Me separo del colchón de mi cama y me veo desnudo, emito un chasquido porque la puerta está entre abierta y estoy con toda la virilidad a flor de piel, "muy despierto" como todo varón al amanecer. Me pongo unos boxers casi renegando y me siento a salvo cuando logro desenredar las sábanas de mi cama y me cubro de pies a cabeza. Mi inquieto estómago me impide conciliar el sueño por tercera vez. Hago un tour por las habitaciones de mi casa, pero ya no hay nadie. Todos se han ido. ¿Por qué odio tanto levantarme y no encontrar a nadie? ¿Es un tema de miedo a la soledad, o es porque me siento 'el olvidado' de la familia? ¡Alvaro, ¿no es muy temprano para escribir guiones de novelas?!  
Por alguna maldita razón este no sería un buen día.
Me acosté en la cama de mis papás para ver televisión, no duró ni dos minutos encendida. Puse una melodía con la que me he pegado desde hace varios días y que me hizo recordar que tengo un libro que espera que continúe leyéndolo.
Escucho cómo Anastasia Steele, o simplemente Ana, me cuenta la lucha interminable entre lo que trata de ser y lo que verdaderamente es. Acaba de perder la virginidad y me ha hecho testigo de ello. Es tan explícita que de tan solo oírla siento que muero de la vergüenza y no puedo evitar imaginar cada cosa que detalla. Intento escapar. Veo el reloj y me doy cuenta de que se me ha hecho tarde para alistarme e ir al trabajo.

Hoy es uno de esos días en los que, por más que ves tus cajones llenos de ropa, sientes que nada combina con nada. Ese mal humor de sentir que el jean que te pusiste hace unos días, hoy te queda distinto y peor aún, sentir que nunca debiste comprarlo. No dejo de pensar en cómo Ana acaba de perder la virginidad. Dejo caer mi cuerpo casi sin ropa encima de la cama y suelto el aire que contuve algunos segundos. Paso mi mano por el cabello y aprovecho en peinarme. Alzo la cara y cruzo miradas con Eugenio, mi perro. Me mira fijamente y deja la calidez de su cama para caminar lentamente los centímetros que nos separan, se sienta delante mío cautelosamente y me asombra que no se abalance como de costumbre. Asiento con la cabeza como autorizando que se pare en dos patas y me arañe con sus garras mis rodillas descubiertas, y así lo hace. Se recuesta en mis piernas.  Siento como si hubiera absorbido mi mal humor, no es el mismo de siempre, el de cada mañana. Y sin más, vota el aire que también había contenido en un eterno suspiro. No miento.

Decido ponerme unos blue jeans, camisa y zapatos. Enchufo la plancha, y procedo. He descolgado mi toalla del tendedero y ahora abro las llaves de la ducha. Gradúo entre el agua fría y la caliente y me sumerjo en el fino chorro de agua. ¿Por qué no dejo de pensar en la señorita Steele? Y esa incansable voz interna que habla aunque no se lo pidan responde muy abierta de huesos: 
-Porque es tan igual a ti, mi estimado. La evado, no le respondo y opto por enjabonarme mientras el agua corre sin parar, o sin que yo la detenga. Cierro los ojos y entro nuevamente a esa especie de cascada que mi mente inventa con tal de dejar de pensar en Anastasia. Me reincorporo sacudiendo la cabeza bruscamente por el susto que me he pegado al oír la melodía que varios minutos antes me había hecho recordar que tenía que continuar leyendo el libro. Me convenzo que nunca la detuve y que la olvidé por estar pensando en otras cosas. 
Me visto, me veo en el espejo y no me gusta cómo me veo hoy. Decido cambiar los blue jeans, la camisa y los zapatos. Escojo otra ropa. Enchufo la plancha y procedo.
Me visto, me veo en el espejo y no me gusta lo que pienso. - "Porque es tan igual a ti, mi estimado."

Anastasia y yo compartimos las hormonas revueltas que se enloquecen al más mínimo roce con alguien que nos atrae, pero que tratamos de controlar cuando nuestro yo real logra manejar la situación. Al igual que ella tengo una voz interna que hace y deshace como quiere y cuando quiere, y que cuando logra manipular situaciones a su antojo luego nos revuelca acusándonos de poca fuerza de voluntad.

Ahora mismo no la escucho, siento que se ha escondido porque sabe que estoy hablando de ella, pero quién sabe que castigo me dará más tarde. Cuando desaparece de la nada me asusta, y cuando aparece, también.
Escucho la vocecita de Ana Steele contarme sus más pecaminosos deseos carnales. Entiendo que Ana sufre porque su yo real no le permite ir más allá de lo que su cuerpo le pide. Considera que el placer no está bien y que pensar en la palabra morbo la puede convertir en una puta. Me hace recordar a mí. En algún momento intenté reprimir al máximo mi deseo sexual porque tenía un mundo que me enseñaba que por simple placer no se puede 'tener sexo'.
Y el recordarlo, por alguna desagradable razón, me pone aún de peor humor. Dejo de mirarme al espejo y a pesar de no verme bien salgo a coger el bus.
Hoy no hay mucho brillo solar pero me importa nada. Me pongo lentes de sol porque no quiero cruzar miradas con nadie, estoy intocable y no sé porqué.
Ya en el bus converso nuevamente con Anastasia. Retomo la excitante escena de la pérdida de su santidad. Me encapsulo unos minutos, unas cuadras y grito un ¡mierda! en mi mente.
¿Por qué me identifico tanto con ella? Siento que al igual que la señorita Steele le temía mucho al sexo y que cuando al final pasó no fue tan malo como me lo pintaron si es que no lo hacía con la mujer de mi vida.

La estrepitosa carcajada de una mujer con la ropa y el cabello desencajado me interrumpen. Alzo mi mirada fulminante pero parece no importarle. Ha subido con su galán de turno, estoy seguro. Ésta, ésta si es una puta. No yo, ni Anastasia. Compartir nuestro cuerpo con alguien libre y que desea compartir el suyo con nosotros no nos hace putos, ni putas. Sin exagerar, sin dañar. En cambio esta mujercita que ha subido a perturbar la tranquilidad de todos pareciera que tuviera un letrero en la frente. Se están besuqueando, así de pie como están. Con toda la incomodidad. No les importa nada. Siento ahora su vientre encima de mi hombro izquierdo que por desgracia da al pasillo del bus. No la soporto más y cuando estoy a punto de explotar mi mal humor con ella, se desocupa un asiento. Se sienta el galán, y ella lo hace en sus piernas.
-Espero que puedas aguantarme, dice la muy descarada. ¡Pero si te ha aguantado toda la noche mamita! Qué tipa para más desagradable. -No me has dicho nada acerca de mis nuevos aretes. Me los compré en Do it-y lo pronuncia tal cual-Doit. -Están muy bonitos. Y ambos rompen en risas como si estuvieran solos en el auto, tal para cual. Los detesto hasta ahora.

Regreso con Miss Steele. Sigo leyéndola, conociéndola, deseando que sea real.
Continúo el relato y me quedo perplejo, esto no puede ser.
¡No puede haber tantas coincidencias! Me pone de tan mal humor todo esto.
Y entiendo que aún no acaba. Entiendo que recién empieza.
Retomo el camino, me quito los lentes de sol y llego a la puerta de la oficina.
Me saluda un nuevo seguridad que no sabe que trabajo aquí. Siento que me hace una pre-entrevista y por fin me deja entrar.
La vocecita lo insulta antes de desaparecer y mi yo real sale a flote. Sonrío a todos mientras los saludo y no entiendo porqué actúo así. Llamo a la vocecita para que me explique qué está pasando pero no tengo respuesta. 
Creo que Alvaro se ha disfrazado otra vez...
Quiero terminar y dejar de escribir esto porque es como si no fuera yo el que está relatando. Me asusto, me arranco los audífonos  y miro el blanco de las paredes que me rodean.
-No cabe duda. -escucho en tono burlón. -Te has disfrazado otra vez.
-Vocecita, ¿eres tú?




AZM


  



martes, 30 de diciembre de 2014

Tiñiéndome Blanquiazul

Doce años atrás. Ocho años de edad.
Corro a esconderme detrás de una columna de cemento que queda en medio del patio de mi escuela cuando mi profesor de educación física; un señor alto, de bigotes negros, con voz gruesa y carácter difícil dijo que la clase había culminado y que ahora los niños pueden juntarse a jugar fútbol mientras que las niñas pueden hacer lo mismo para jugar voleibol. Estoy escondido porque quiero ahorrarme el mal momento de ser elegido último cuando los dos mejores 'peloteros' de mi salón arman sus equipos y se pelean por los reyes del balón. Ya me han probado de arquero, de volante, de delantero y hasta de árbitro pero creo que a pesar de que soy campeón de atletismo de toda la primaria y que aunque me apodan 'la liebre Zagal', simplemente el fútbol no es lo mío.

Ellos me alientan y me dicen que uno no puede ser bueno en todo, y que por lo general los buenos en los deportes son malísimos para el estudio, que por lo menos yo soy bueno para ambas cosas, pero claro, exceptuando al fútbol. 
Salgo de mi escondite porque falta uno y aunque no soy necesario me exigen acoplarme a la 'manchita' porque "puede pasar la directora y te verá sin hacer nada".

Los mismos doce años atrás y los mismos ocho años de edad.
Estoy libre de la escuela y es viernes por la tarde. Mis amigos del barrio saben de mis pocas habilidades con el fútbol pero igual han tocado mi puerta y le han dicho a mi mamá que me están buscando para jugar en la pista, y yo me puse feliz.
"-¡Qué bien. Le han dicho a mi mamá que han venido a buscarme para jugar fútbol en la pista! Estoy seguro que dirá que no. ¡¿Qué mamá deja a su hijo jugar en la pista?!
"-¡Alvaro, te buscan!".
"-Es el fin"-pensé.

No sé ni en qué posición estoy jugando ni quiénes son los de mi equipo, veo niños nuevos.
Soy buenísimo esquivando pases, no me gusta tener la responsabilidad del posible gol en mi, pero esta vez fue casi imposible evitarlo. Tengo la pelota en mi pies y a dos niños corriendo tras de mi, me pongo nervioso y no les quito la mirada. La pelota se me traba, es como si quisiera irse con ellos porque no aguanta mis pasos en zig zag, volteo a mirarlos y ¡zas!. Tengo a todos alrededor tratando de ponerme de pie luego de caer echado encima de una grada que separa la pista de la vereda. Me piden que me tranquilice, me dicen que mi pecho se abrirá nuevamente poco a poco. 
"-¡Respira tranquilo!"
"-¡Alvaro, no te apures!"
"-¡Tranquilo por favor!"
Y desde aquel trágico momento decidí no volver a 'jugar pelota'.
Jamás quise desperdiciar mi tiempo viendo fútbol por televisión y mucho menos gastar mi dinero en ir a un estadio.
Le declaré la guerra al indomable fútbol.

Doce años después. Veinte años de edad.
Estoy sentado en el auto tratando de asimilar el vuelco de 180° grados en el que me he visto inmerso. Todo ha pasado muy rápido, la vida se está ocupando de sorprenderme cada día más y la verdad no sé qué es lo que quiere ni cómo es que esto acabará.
El auto se estaciona y bajo lentamente. Me pongo una camiseta de fútbol por primera vez en la vida y empiezo a caminar hacia la entrada de un estadio por vez primera, también. 
El responsable de que yo esté ahí y de lo que viví ese día es mi jefe-amigo, socio y ex presidente del club deportivo, quien de pronto hace una llamada y me lleva a la puerta de la concentración de los jugadores aliancistas quienes se preparan para regalarle a sus seguidores el primer e inolvidable "Día del hincha blanquiazul".
Me recibe Waldir "el goleador histórico" Sáenz, o simplemente "Wally", a quien ya conocía con anterioridad personalmente. Me pregunta cómo estoy y yo hago lo mismo con él, luego se va saludar a sus compañeros no sin antes decirme en qué habitaciones estaban los jugadores del momento, los más reconocidos a nivel internacional en la actualidad: Paolo Guerrero, Claudio Pizarro y Jefferson Farfán. Converso con ellos algunos minutos y finalizamos con la imperdible foto del recuerdo.

Salgo y me siento en una banca de cemento que está en medio del patio de la concentración, respiro fútbol, fútbol puro y esta vez no me falta el aire. Sonrío y me seco el sudor de la frente que me produce recordar todos mis momentos peloteros. Hago una mirada panorámica para convencerme de que en realidad estoy rodeado de futbolistas nacionales e internacionales y aún no termino de creer que sea yo, el último seleccionado del equipo en la escuela, quien tenga el privilegio de ver a los más grandes tan de cercas, tan sencillos y 'normales'.
Escucho que los jugadores ya tienen que ir a los vestuarios, por lo que me despido del goleador histórico. En realidad ya era demasiado tarde, tras la puerta había un mar de seguidores que rogaba por una foto de su estrella favorita y una centena de periodistas que se peleaban por al menos una declaración de algunos de ellos. No tenía otra opción, salí con todos ellos.

Jamás viví tan de cerca tanta algarabía. 
Una algarabía que me gané gratuitamente, que no era para mi, pero que la viví como tal. Un cordón de seguridad nos abría paso y a medida que iba avanzando mis nervios iban creciendo, pues ya casi no veía suelo, todos estaban vueltos locos e invadían el espacio destinado para el pase de los jugadores.
Entre flashes por doquier, gritos, aplausos, banderas, micrófonos, cámaras, y reporteros llegamos a la puerta que daba el ingreso a la cancha de grass natural. 
Un verde intenso que veía y olía por primera vez en mi vida. Arengas incansables desde la tribuna sur, un estadio repleto que no dejaba de resonar los íntimos corazones y que empezaba a teñir el mío de blanquiazul.

De pronto, gracias a la ayuda de uno de los organizadores del evento, ya estaba dentro de los vestuarios:
Lugar sagrado.
Entré tímidamente y se respiraba un olor mentolado al que quería ponerle un nombre. Empecé a revisar las carpetas llenas de información en mi  cabeza y hasta la papelera de reciclaje para ver si alguna describía aquel olor, pero solo encontré "charcot", un término que por ahí alguien me había aclarado.
Todo es tan normal. Todos son tan normales. Todo es tan real. Había realmente un sentimiento común entre ellos, el cual yo desconocía complemente porque estaba infestado por aquellos que nunca han vivido una experiencia como la que yo estaba viviendo en esos momentos.
Recordé entonces que la televisión distorsiona a veces la realidad, una que en muchas oportunidades se queda impregnada en nuestras mentes porque no conocemos la veracidad de las cosas.
Luego de verlos calentar y reencontrarse en un fraterno abrazo a muchos de ellos, llamaron a todos para orar y encomendarse al Señor de los Milagros como lo hacen siempre antes de cada encuentro. Y mientras yo iba repitiendo la oración terminaba por convencerme de que todos bajo la misma camiseta y con el mismo sentimiento estaban reviviendo momentos que desde hacía mucho no tenían juntos.

Mi mente recordaba vídeos vistos de las  concentraciones de equipos blanquiazules años atrás y el escenario era el mismo, el sentimiento no cambiaba y no importaba cuánto más lejos haya llegado uno que otro, lo que importaba es que todos estaban juntos disfrutando la compañía mutua, una alegría desbordante y ese amor que se dividió en blancos y azules que terminó flechando hasta en ese momento mi incoloro corazón.


AZM














martes, 23 de diciembre de 2014

¿Los jóvenes debemos seguir luchando?

Solía ver por las noticias internacionales las movilizaciones juveniles que marchaban en contra de la violencia que sufrían en su país, quizás, enfocándome en otro escenario, exigiendo la liberación de rehenes secuestrados por un inadaptado, o pidiendo una explicación ante la desaparición de más de una docena de universitarios.
Recuerdo el impacto que generó en mí el desalojo de la parada, ex mercado mayorista en Perú, tanto así que le dediqué una entrada en el blog. Ver tanta sangre, tantos inocentes heridos, tanta violencia a flor de piel, tan desagradable espectáculo, tan mala organización, animales muertos, policías cobardemente golpeados, comerciantes abusados...

Cuando el pueblo se levanta, temo.Temo porque muchas veces los medios de comunicación y la forma en la que llevamos el mensaje para quienes nos creen "líderes de opinión" y que, si decimos que el sol es verde empiezan a creer que realmente es así, se ven afectados y toman una posición inamovible de acuerdo a lo que informamos, de acuerdo a lo que les mostramos y cómo se lo decimos.

En mi país, en mi nación, en mi Perú, los jóvenes están indignados porque les están 'recortando sus derechos', porque no tendrán un mes de vacaciones, porque no tendrán gratificaciones, porque ahora las empresas darán 'mano de obra barata', porque quizás 'van a despedir a todos los viejos y van a contratar a puros jóvenes', porque 'me van a explotar', y entre otras mentiras.

Cuando oí por primera esto de La Ley Juvenil, más conocida como "La Ley Pulpín", no voy a negar que me asombré, me preocupé, me indigné. Tocando justo el apelativo que tiene esta ley, me da muchísima pena que haya tanta desinformación en nuestra sociedad y un pésimo manejo de la información que muchos ni siquiera saben cuál es el verdadero nombre de esta ley, y peor aún, creen que "La Ley Pulpin" es el nombre real. 
Critico sin temor a los medios masivos que nos trajeron una información mal enfocada, que activaron el cronómetro de una bomba que estalló sin avisar ante nuestros ojos y que lo único que nosotros, los receptores, supimos hacer fue captarla, procesarla y actuar sin antes corroborar que esto sea cierto.

Me informé. Me regalé a mí mismo el tiempo de bucear entre tanta información para conocer lo que realmente promueve esta ley. Una página web en la que primero te explican de lo que se trata, luego te responde interrogantes que inconscientemente te haces sin saber que posteriormente van a ser resueltas por el escrito mismo.

Lo primero que me gustaría afirmar es que esta ley NO está hecha para los jóvenes con experiencia laboral ni para lo que por 'a' o 'b' motivos tienen sus propios medios para ingresar a laborar formalmente a cualquier empresa. Lo segundo es que este régimen es opcional, voluntario; más simple: Lo tomas o lo dejas.
Nadie está obligando a nadie. Nadie le quita los derechos a nadie.
Actualmente, y lo puedo decir yo mismo porque lo he pasado, los nuevos trabajadores renovamos contrato cada 3 meses en una empresa y de manera formal. Con este régimen si una empresa contrata a un joven inexperto en el ámbito laboral, es consciente de que tiene que contratarlo sí o sí por 12 meses, 1 año. Además, el seguro social lo pagará el estado durante el primer año de trabajo y si se tratara de un jovencito que no tuvo la oportunidad de acabar el colegio o desea tener estudios superiores, el empleador puede costear el total de su carrera o el término de su etapa escolar y de esta forma liberarse de los pagos de algunos impuestos, y esto es exactamente lo mismo que hacen los supermercados cuando te piden que dones tu vuelto para algún albergue y demás centros, pues ellos al realizar estas donaciones también se están liberando de algunos pagos al estado.

Esta ley no le quita nada a nadie:
¿Por qué? Simple.

Un trabajador informal, que no tiene un contrato de por medio no recibe ninguno de los beneficios que supuestamente esta ley restringe: CTS, gratificaciones, vacaciones pagadas,etc.
Aseguro que muchos de los que han salido a marchar ni han leído de lo que realmente se trata. 

Un joven que ya está contratado bajo el régimen normal no podrá ser despedido para ser nuevamente contratado bajo esta modalidad porque esta calificado y penado como una falta grave.

Un joven que ya tiene experiencia en cualquier trabajo y postula al mismo puesto no puede ser contratado bajo esta ley.
Un joven que goza de todos sus beneficios porque es profesional, o porque fue contratado bajo el régimen común, o porque sus habilidades o labores justifican su sueldo no puede trabajar bajo este régimen porque esta ley es de uso EXCLUSIVO para jóvenes sin oportunidades, y no me vengan ahora que eso es discriminación porque ya sería buscar más pretextos para ir en contra de.
El 25% de la totalidad del número de trabajadores de una empresa pueden ser jóvenes contratados bajo esta modalidad. Más no, está penado. Y aquí se desbarata la idea de que van a despedir a todo el mundo para contratar a jóvenes que va a ser explotados o que las empresas darán mano de obra barata.
Y así me pasaría explicando paso a paso una ley que se explica por sí sola, que si nos damos el tiempo de leerla y conocerla a profundidad nos daríamos cuenta de que no es una ley que nos quita algo. Al contrario, es una ley que le está dando oportunidades a jóvenes que no la tienen y que quizás no conocen lo que es trabajar formalmente.

Y repito, no es una ley para jóvenes con experiencia laboral o para quienes han tenido la oportunidad de tener estudios completos y/o superiores.
Esta ley no le quita nada a nadie.
Informémonos primero y si después de leerla crees que debes seguir marchando, pues adelante.


AZM